El Entierro del Tío Feligrés

Cuando la AEMET pone la Sierra en alerta – por nevadas – es recurrente que los entusiastas de la obra de J.L. González Ripoll nos acordemos del Entierro del tío Feligrés. Probablemente muchos de los usuarios del GR-247 “Bosques del Sur” vean la oportunidad de recorrer los campos bajo un impecable manto blanco. Pero no hace demasiado tiempo, la nieve era un serio contratiempo en los mismos parajes que hoy recorre la Etapa 16 del sendero.

Entierro del Tío Feligrés
 

EL Tío Feligrés, según la narración del autor cordobés, recogida en su obra “Narraciones de Caza Mayor en la Sierra de Cazorla, Segura y las Villas”, vivía en el Cortijo de la Pinadilla (J.L. Martín, Hornillero, lo sitúa en el Cortijo del Campo del Espino), en los inhóspitos Campos de Hernán Peréa. Se trata de uno de los páramos más fríos de España, y cuando nieva… nieva. Con temperaturas registradas de hasta -34 ºC, huelga decir que si la nieve llega a helarse, puede permanecer durante semanas o meses, haciendo imposibles las comunicaciones.

Pues bien, cuenta la historia que el tío Feligrés salió una tarde a recoger su yegua porque amenazaba nevazo, la amenaza se cumplió, y la yegua regresó sola al cortijo. La familia adoptó las precauciones habituales: una fogata grande que se viera desde toda la sierra, ya  esperar el amanecer. A la mañana siguiente dieron con el infortunado, lo lavaron y amortajaron y se dispusieron a velarlo.

Pero ocurrió que siguió cayendo nevada tras nevada y el velatorio se prolongó durante días, primero, semanas, después, y finalmente, durante varios meses. Los caminos impracticables no permitieron durante todo ese tiempo llevar el cuerpo a Santiago de la Espada para darle sepultura.

De manera que los nietos pequeños empezaron a jugar al lado del muerto, empezaban a jugar a entierros y a muertos, al principio los mayores les regañaban, pero con el tiempo se fueron acostumbrando.

La familia del tío Feligrés se acostumbró a la sombría presencia del cadáver, y pasado un tiempo comenzaron a hacer lo que hacían las familias serranas en caso de que la nieve interrumpiera el ritmo normal de vida en la Sierra, solo que con el muerto en la casa.

Pasó una semana tras otra, y el Tío Feligrés allí seguía, como si hiciera media hora que se había muerto, pues en la sala con la ventana entreabierta, aquello era una nevera y ni olía mal ni nada.
Un día, unos de los yernos sacó la baraja y se pusieron a jugar al truque, ningún daño le iba a hacer al muerto.
Finalmente resolvieron llevarse el cadáver a una camareta que se encontraba en una dependencia aparte de la casa, y allí lo tuvieron hasta que, con la primavera, pudieron dar razón de lo ocurrido en Santiago de la Espada.
Pasaron los días y se presentó en el cortijo el Juzgado y la Iglesia y los pillaron a todos jugando a las cartas. Fueron a ver el cadáver y encontraron que los gatos le habían roído la cara, al verlo el juez torció el hocico y quería llevarlos a todos a la cárcel por abandono del cadáver, pero el cura que finalmente sabia que eran buenas personas convenció al juez. El juez ordenó buscar los gatos, que eran cuatro o cinco y como habían comido del muerto, mandó que los mataran y los llevaran a Santiago para enterrarlos junto al difunto.
Y esta es la historia del entierro del Tío Feligrés, que da una idea de lo extremadamente duro que era vivir en la Sierra en un tiempo no demasiado remoto.

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  • Roque

    Excelente Andrés. La literatura de Ripoll es como la “biblia” serrana. Creo que este que llevas es el camino a seguir con independencia de que yo sea forero y tal, Saludos.

  • Juanon Corazondegato

    “Los Hornilleros” de Juan Luis Gonzalez-Ripoll esta llena de esta y otras anecdotas serranas, una novela costumbrista que ralla la exquisitez, de obligada lectura para los amantes de la sierra de Segura. Mucho humor y ternura en sus paginas.